En el cine

He quedado en ir al cine con Papá… es un viernes de tarde.

Me da ilusión porque creo que en la vida hemos ido al cine los dos solos.

Vamos a ver una película de Formula 1… con lo que le gusta a él, con lo que me gustaba a mí.

Pero llegamos… hacia años no pisaba una sala de cine, por lo menos un par… y según él me contó no iba desde antes de la pandemia. Nos encontramos con personas y personas, repleto de personas por todos lados en la boletería, compraban pops y bebidas, e iban gritando de un lado a otro, mirando sus celulares.

Entramos  a la sala, todo fue a peor … personas conversando en voz alta, que pasaban sin pedirte permiso por delante de tu asiento (incluso durante la función se levantaban varias veces), otras por atrás tirándote del pelo o arrastrando sobre ti sus abrigos… todo sin disculpa alguna … y el volumen del cine realmente altísimo, ensordecedor para los tímpanos. La gente crujiendo el pop sin verlo y sin parar, como calmando su ansiedad… generando ruidito y cierto olor a comida en el aire que se sumaba al rancio de la moquette… desmotivando los sentidos.

Yo pensaba…. este es el mundo actual… sí, es como un aterrizaje a un presente diferente, a un presente diferente al de mi propia burbuja, a un presente que creo que busca marear, insta a consumir, y motiva a no vivir la experiencia de la sencillez y el cuidado del de al lado…

Seguramente Papá no vuelva nunca más al cine, yo … no lo sé… tal vez me cuidaré mucho del día, la hora, el momento… e iré no por gusto, sino por acompañar.

El sonido óptimo, el saborear las cosas, el pedir disculpas, el pensar en el otro, el no correr… a dónde han ido a parar?

La película buena… dejando en evidencia lo mismo: pilotos de formula 1 jóvenes compitiendo para ganar dinero y conseguir likes, que se preparan físicamente en máquinas super modernas… frente a pilotos de mi edad que corren exclusivamente por el placer de volar, no tocan un celular, y su estado físico es gracias al propio movimiento de sus piernas y brazos.

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Mi Chaquetón

Hace cuarenta años mi querida Lalá me mando a hacer con una modista un abrigo.

Desde ese momento a hoy, salvando las diferencias del tamaño del mismo en mi cuerpo, no ha habido un invierno o un viaje al frio que ese abrigo no me acompañe.

Podría decirse incluso que es como mi estampa típica con temperaturas frías.

Nunca le perdí un botón y lo único que he tenido que coserle ha sido el forro de sus bolsillos, pero algo curioso pasó con su capucha. Fue justo el día que enterramos a Lalá, y es que en el cementerio a pesar de ser invierno había sol y calor, y una amiga vino y me dijo que me cuidaba la capucha que curiosamente había sacado del chaquetón, y ella se fue en ómnibus, y allí lo perdió.

Siempre tomé esa perdida como algo casual, pero fue recién hasta hace poco que le dí el sentido correcto.

Es que resulta que Lala siempre me repetía la misma frase “MV el mundo es de los audaces” y entiendo que fue una manera de recordarme que siempre de la cara, que no me esconda encapuchada…  y que sea una mujer audaz.

Soy consciente que en cada puesta de ese chaquetón esta intrínseco un abrazo de Lalá, y un recordatorio de todo su amor hacia mí.

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