Cóndores … y ballenas…

Es un Lunes de Septiembre, y estoy de regreso de una de las poquísimas actividades que repito cada año.

Quienes viajan conmigo se ponen a trabajar o a dormir, y para mi cualquier excusa es buena para entretenerme en el “encierro” del Buquebus…, y recuerdo que una chica comentó que en el barco viajaban unos músicos “famosos”.

¡Qué lástima no tener una Revista para mostrarles de que va el medio y entrevistarlos!

Me viene a la mente que la noche anterior le había regalado varias a muchas personas, y que en ese mismo barco había visto que viajaba una de ellas. Busco a la persona por todos lados hasta que la diviso y por suerte la llevaba consigo… se la pido y ya con mi “carta de presentación” me dispongo a buscar a los músicos.

Los capto al toque, en el suelo, sentados en un grupo de cuatro o cinco con varias guitarras, me acerco de una, me siento con ellos y me pongo a charlar…

(…) Vale aclarar que si bien me sonaban sus nombres no conocía su música… pero es que no se nada de nada de música, solo focalizo en si algo me gusta o no.

Al instante me llama la atención una Mujer de ese grupo, y es con ella con quien empezamos una conversación totalmente compenetradas, al punto de que los músicos soy consciente se sienten relegados. Cuando le digo de dónde vengo y la causa, me dice “Tu tenes que conocer al Pacha, mi novio, porque lo que él hace está vinculado contigo” …

El viaje se me (nos) pasa rapidísimo, termino entrevistando a uno de los músicos, fascinada con sus respuestas, así como él agradecido conmigo y lo que le estoy diciendo respecto a su visión… y muy especialmente encantada con todo lo que me cuenta esa Mujer, y ella conmigo.

Nos intercambiamos teléfonos y así comienza otro viaje… el viaje de volver a vernos. Intentamos encontrarnos muchísimas veces, pero siempre habían viajes de ella o míos que lo imposibilitaban … hasta que llego el día de hoy, que nos citamos con tres días de anticipación en un horario y un sitio determinados. Y casualmente, el Pacha, que no vive en Uruguay, llega un día antes, y por ende, se suma al encuentro.

Y así es como recuerdo, conversando con él, que en realidad me enteré hace tres años de su existencia y lo que él hacía, un día de pura sincronicidad entre tres personas que deberían de estar en tres sitios distintos pero que sin embargo coincidieron en un cuarto lugar (la Ciudad Vieja) y se abrieron al dialogo.

Y así es como tomo conciencia (a través de uno de sus protagonistas) de un proyecto de investigación científica que incluye rituales de pueblos originarios, con una re inserción de un animal salvaje con un cien por ciento de resultados positivos, avalado por revistas de ciencia internacionales, y además, conectado con las ballenas (precisamente en un sitio donde también conocí a su protagonista).

Cuando regreso a casa por la divina rambla que conecta el Pinar con mi adorado Montevideo, voy mirando un cielo rosado, y me digo a mí misma que maravillosa que es mi vida por la gente espectacular con la que me cruzo, y la capacidad de poder conocerlas en profundidad, que me aparecen de forma “casual”… y sobre todo qué “suerte” la mía que mi apertura a las sincronicidades es tan grande que me permite disfrutarlas, aceptarlas y gozarlas.

Por supuesto que ya sueño con un viaje de regreso a Puerto Madryn para presenciar tras la liberación de un cóndor, alguna ceremonia en honor a las ballenas… ceremonias totalmente ancestrales de quienes han habitado durante siglos y siglos este continente fantástico donde vivo.

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Viviendo entre Chimangos

Habíamos llegado a esa altísima torre de noche … con un cansancio atroz había subido las escaleras y realmente con un “poco” de miedo me había instalado allí.

Era la adulta y el miedo en realidad solo podía ser a “fantasmas” … algo que se supone que a mi edad uno no debe de tener… por lo que por suerte el sueño lo venció.

Una corazonada muy grande y una fuerza absolutamente interior me habían llevado a ese sitio… totalmente contramano de todo y digamos que lo opuesto a lo que en los últimos años me había tocado vivir por esas épocas.

Necesitaba estar lejos, en el medio de la nada, con personas tan sanas como alegres, sin la más mínima frivolidad… y acompañada de mis cachorras en un entorno de absoluta Naturaleza.

El lugar que me encontré era incluso más ideal de lo que podría haber imaginado.

Al despertarme, vi que mi hija más chica no estaba en su cama, la llamé, la busqué… y así fue como la encontré en la terraza, observando a menos de un metro de distancia a una familia de chimangos.

Me miró y me hizo silencio con el dedito… con ese mismo dedito que me llamó para que fuera hacia ella y estuviera igual de cerca que ella.

Las aves nos miraban y nosotras estábamos extasiadas de lo cerca que estábamos… no nos teníamos miedo… de repente su chillido, tan penetrante como vivo, y se largaron a volar.

Desde ese día nos sentimos viviendo entre ellas, compenetradas con ellas, atraídas por ellas y misteriosamente en conexión con ellas… tanto mi hija pequeña como yo.

Pero.. pero… bien se dice que “No hay que gastar pólvora en chimangos”…

Y sí, me (nos) llamaron la atención, estábamos viviendo literalmente entre ellas a unos doce metros de altura … pero no eran los animales idóneos para convivir por un sinfín de razones, sino simplemente “atrayentes”.

Y sí, atrás había un mensaje… No hay que dedicarle mayores esfuerzos a cosas que no valen la pena por más seductores que sean.

Y sí, los chimangos volaban, chillaban, habitaban cerca, e incluso una pluma de ellos regresó con nosotras… pero allí quedaron ellos en la altísima torre cuando regresamos a casa.

Y sí, fue en casa, donde curiosamente capté que desde hacía años convivíamos con una familia de otras aves que nos atemorizaban mucho, nos miraban penetrantemente sin familiaridad y sus chillidos no nos gustaban…. pero que a diferencia de los chimangos… eran valientes… y cumplían una función idónea en nuestro ecosistema.

Y sí, nosotras vivimos entre gavilanes, no entre chimangos… y aunque no  voy a olvidar nunca el chillido y la mirada de los chimangos -siento que los identificaré y recordaré de por vida-… sé que no son parte de lo que deseo cerca en mi vida… porque a mí me van los gavilanes.

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