
Había pasado mucho tiempo, sí, mucho tiempo humano.
Pero al abrazarlo y sentir su dolor, fue como si el tiempo no existiera, y como si cada célula de mi cuerpo estuviera conectada con las de él, en un cariño supremo y una necesidad de calmarle su dolor, y a la vez en una retroalimentación que me iluminaba mi propio corazón.
Lo sentí golpeado, casi que noqueado, y allí estaba con su alma desnuda y vulnerable, sin careta alguna.
Cuando se fue, me sentí como profundamente iluminada, y a la vez asombrada porque solo algo mas fuerte que la vida y que la muerte podía explicar el profundo amor que me brotaba, y la necesidad extrema de darle paz y esperanza.
Era como si el tiempo que había pasado en el medio hubiera sido una película, donde las cosas se desviaron para caerse en un precipicio, para poder volver a la esencia.
Y quedó reflejado en mi alma y sé que yo en la de él… y todo se me hizo superfluo y banal en comparación.
Fueron minutos que duraron una eternidad… y una eternidad que quedó reflejada en minutos.
