Sevilla I

He dormido 8 horas, pero me despierto sin muchas ganas de levantarme.
Estoy aun bastante cansada y mi cuerpo esta exhausto.
Pero tengo tanta “conciencia” de que es la hora de salir, pues más tarde será «incomodo».
Estoy en la ciudad que vive al alba y de madrugada, para luego quedar desértica durante el mediodía y la tarde.

Son las reglas de la Naturaleza las que gobiernan aquí los hábitos.

Ayer fue un día “raro”, por demás de agotador, y supongo que conjuntamente con las circunstancias tangibles, fue el resultado de remover emociones.

Sevilla me marca etapas grandes y diversas, etapas antagónicas… mi época más libre y divertida en los estudios, mi etapa más enamorada, y mi capítulo de familia más quebrado.

No tengo ganas de andar recorriendo esquinas de recuerdos, más bien deseo ver lo que no vi por tener la mirada perdida y andar de prisa con preocupaciones y ocupaciones diversas que no me han permitido sentir la ciudad a pesar de la de veces que he estado aquí, y en diversos momentos de mi vida.

No en vano llegue casi que sin elección esta vez… pero con un cambio de planes descomunal.

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El pasar del tiempo

El tiempo había pasado, y había dejado una de sus secuelas… el desgaste del cuerpo.

La observaba tan frágil, tan entregada, tan mayor…

Yo (también) ya era mayor, pero aún no tanto como ella …

Mantuve la firmeza cuanto pude, y lo logre… incluso con el “impedimento” de con quien supuestamente deberíamos ser apoyo mutuo, y el capítulo aparentemente termino con un final sereno.

No obstante, en lo personal quede de cama, literalmente de cama… sin fuerzas el fin de semana ni para ir a yoga, ni para andar en bici… ni para doblar ropa, ni para conversar… porque uno (yo misma) no está preparado para corroborar el desgaste del cuerpo de las personas que tanto ama.

Que cosa extraña (y maravillosa) que es la vida… tan extraña que de un momento a otro se comienza a apagar, y está en nosotros el cómo encaramos que esa luz sea cada vez más tenue …

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