Me quedo con el Mar

me quedo con el mar

Si me dan a elegir… me quedo con el mar.

Porque la tierra, el campo, me da paz pero no me hace vibrar.

Si me dan a elegir… me quedo con el mar.

Porque la tierra me permite estar más peinada, no me genera cambios abruptos, pero no me hace brillar.

Si me dan a elegir… me quedo con el mar.

El mar te permite ser valiente, sumergirte en invierno, sorprenderte con ballenas y delfines, respirar el agua salada, absorberla con los poros… el mar es la ausencia de la monotonía pues jamás una ola es igual a la otra…

El mar es noble y cuando está enojado le ves alterado… sus peligros… están perfectamente individualizados… no te va a pillar un tiburón en la orilla si estas en unas aguas donde el no habita… a lo sumo te picará una aguaviva… pero aún así si estas atento la vendrás venir.

Vivo en una ciudad que sus costas no tienen mar sino río, pero cada tanto y cuanto… los vientos fuertes del este me regalan un sabor a sal… y sé que mirando el horizonte de mi río alcanzo a divisar mi querido mar… tan cerca de mi espacio que casi lo puedo tocar.

Le pregunté a un hombre una vez si estaba enamorado de la chica con la que salía y él solo me respondió “me da paz”… evidentemente para algunos lo externo (incluso el amor) se basa en si es generador de paz… y eso es esencial y suficiente.

No cuestiono a los demás, más para mí la paz la llevo conmigo con mi coherencia interior, y en todo lo relacionado con lo externo más que paz busco chispear… y por eso me quedo con el mar.

 

 

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Regalos celestiales

manejando con pelos al viento

Ando manejando tras dejar mis pequeñajas en el colegio, es una mañana de otoño, llevo la ventana abierta para sentir el fresquito y voy cantando la misma canción que repito y repito desde que me subí al auto… voy totalmente concentrada en mi mundo interior.

En un momento el trafico está detenido por ser hora pico… y el auto de al lado me toca bocina, me hace señas baje la ventana… dócilmente lo hago… y me llevo “la sorpresa”.

Un hombre con acento madrileño me dice algo así como “No soy de aquí, estoy de paso, pero a Montevideo la recordare como la chica de la camioneta azul que cantaba una mañana con los pelos al viento….”

 Soy consciente que lo miré con una gran sonrisa entre vergonzosa y anonadada… a lo que el audaz hombre agregó “y con esa sonrisa”…

Los autos de atrás tocaron bocina… y continuamos la marcha cada uno por su lado.

Qué regalo me dio ese ser con su espontaneidad…

Por lo pronto me dieron más ganas de cantar hasta llegar a casa, pero cambié la canción nostálgica por una más alegre… y me sentí lindamente valorada.

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