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Estoy conversando con alguien, de repente muestran un video y me dice “como me gustaría conocer ese lugar”.

Lo miro extrañada y le pregunto por qué no ha ido… no me contesta… No me quedo con su sin respuesta y le pregunto si no viaja mucho por placer. Con esa firmeza me ha venido hablando  me dice que no tanto como le gustaría, que no le gusta viajar solo…

Es casi incoherente que esa persona me diga eso por un sinfín de circunstancias … pero le miro con simpatía para ayudarlo incluso a aclimatar su respuesta… y le afirmo: “Te gusta compartir”

….

Son las cinco de la tarde, suena el teléfono… es alguien a quien conozco poco, pero me llama porque acaban de pasarle dos cosas muy tristes y necesita contármelas… le escucho, está tan lejos de todo el hombre…. y no tiene a nadie…

Al cortar le digo un par de cosas me salen del corazón decirle… y soy consciente que en algo le alivie su dolor.

Al rato viene una amiga, me cuenta algo muy de ella… me deja tan feliz lo que me cuenta que me pongo a llorar…

(…) Otra vez llorando estos días… esta vez de felicidad por la paz de mi amiga… como el sábado por la alegría de otra amiga… pero cómo he llorado estos días por diversas razones… cuánto tenia que «limpiar»!!!

Uno puede tener la vida interior más rica del Mundo, saberse mimar con los gustos mas lindos o disfrutar las verdaderas simplezas de esta vida, como una luna llena o un atardecer con un cielo rosado… pero es el compartiéndolo que se llega a la plenitud de los momentos.

Uno puede saberse el origen de un dolor y tratar de sacárselo… o hacer lo posible para menguarlo… pero es al compartirlo que se da el primer paso para curar el alma.

 

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Mírale los zapatos a la gente… y si puedes los pies…

Trio los Panchos

Yo quería escuchar una canción… pero no recordaba su nombre como para encontrarla…

Decidí ir a una caja donde guardo aun los casetes…y fue allí donde me encontré con algo que me trasladó al pasado…

Pocos momentos quedan marcados… pero hay momentos que ameritan que hasta la mala memoria no exista… y así quedar registrados tal cual huellas en el cemento… para siempre.

Era verano, estábamos en la sierra de Madrid, era muy temprano en la mañana y yo vestía con salto de cama… era el año 1995.

Fue allí cuando me topé en el living de la casa con un chico, y fue en ese instante cuando empezamos una conversación que duro años y años…

El me encantaba, cada detalle de él me encantaba… y supongo yo le encantaba a el…

Ambos éramos amigos de dos hermanos y compartíamos hasta la curiosidad de ser absolutamente distintos a nuestros amigos, quienes por suerte se levantaban tardísimo y nosotros al alba.

Cartas, salidas, diálogos, aeropuertos… en el lapsus de los años…

Nunca me dio ni la mano siquiera, mucho menos un beso, jamás me dijo que le gustaba ni yo a él… pero yo viví varios años esperando al cartero, o deseando cruzármelo en algún lugar durante algún viaje.

Pasaron los años y como todo -incluso la magia de los encuentros- se fue diluyendo…

Recién me encontré con el primer casete de música que me grabó, ni una sola canción no era romántica… tal vez fue la manera de decirme todo lo que nunca me pudo decir… y obviamente yo no pude interpretar.

Me dio pena el recordar todo eso… porque vaya a saber qué hubiera ocurrido si nos hubiéramos reconocido lo que pensábamos o sentíamos el uno por el otro… lo que sí sé es que a pesar de haber pasado más de veinte años, yo me acuerdo como si fuese hoy el mismísimo momento que nos cruzamos la primera vez… como tantas otras conversaciones nuestras.

Creo con mucha relatividad en eso de que lo que tiene que ser será exclusivamente tirado al azar o la voluntad de Dios… pues a veces las cosas pueden ser, pero somos nosotros y nuestra libertad de acción, que por las razones que sean -especialmente el miedo- no dejamos que sean.

 

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