No te vayas sin despedirte

Esa mañana me había levantado más temprano para volcar en un papel lo que deseaba que se llevara de mí.

Esas montañas me habían dado tanto en mi humanización, que anhelaba incentivar con mis palabras un encuentro espiritual.

Era un día fantástico de sol, y antes de irme a trabajar, colgué la ropa, poniendo todo en su lugar, oliendo el suavizante, disfrutando esa pequeña labor hogareña que curiosamente me gusta tanto hacer los días soleados de frío, y mientras lo hacía pensaba todo el tiempo en las casualidades de la vida.

Jamás hubiera imaginado que lo evidente no ocurriría.

Jamás… era tanta la seguridad de que el destino no me jugaría malas pasadas, que había bajado todo tipo de precaución.

Tuve un día de corridas, pero tenía la certeza de que terminaría bien, y eso me alegraba.

Pero… pero algo debí de venir a aprender a esta Tierra, y que se ve que aún no he aprendido, que la vida me pasa mostrando que lo maravilloso puede virar.

Y sucedió algo que no supe ni que fue… solo sé que estuvo teñido de ausencia de verdad porque me lo dijo mi intuición.

Y se fue la noche sin despedirse de mí…

Y ya a la mañana era tarde, porque mi corazón estaba dolido, y toda esa ilusión absoluta que tenía se había partido en trocitos puntiagudos.

Esa mañana prendí el fuego de la estufa de leña, tomé la carta y la quemé… deseando que cada palabra de ese papel llegara a través de la energía del Universo a su destinatario, yo ya había dado todo de mí, pero si no lo desearon tomar ya no dependía de mí.

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Un tren

Era un día de sol magnífico y yo estaba en el mejor momento de mi vida…. a conciencia y alegría.

Tan acostumbrada a moverme mediante determinados medios de transporte que me pareció extraño tener la necesidad de subirme a un tren, pero fiel a mis corazonadas (y mi valentía), cuando lo vi pasar no tuve dudas de llamarlo, pararlo y subirme en él.

Allí me encontré viviendo fuera del tiempo… es que en realidad el tiempo es un invento humano, y hay momentos y situaciones que pasan rapidísimo, otras eternas, y otras trascienden los movimientos del reloj.

Allí compartí con personas diferentes a mí que me enriquecieron mis perspectivas, con conversaciones de altísima calidad, con muchas risas, con historias crudas, con confianza, y sobre todo con una amplísima comodidad.

Esas personas desde el principio vieron y captaron mi libertad de pensamiento, palabra y omisión, y me lo hicieron saber como valorándome en alguien diferente, a quien respetaban por más que no opinara lo mismo que ellos.

Pero sucedió que vino una tormenta eléctrica, de esas que mueven hasta las vías del tren, y quedaron expuestas cosas que no me gustaban y me generaron incomodidad, y las expresé con respeto desde mi libertad.

Aún así no dude ni por un segundo no desear bajarme de ese tren, sino simplemente exponer lo que me incomodaba, para tal vez me pudieron ayudar a aclimatarme dentro de ese viaje.

Pero no siempre los otros están acostumbrados a la misma libertad, o a esa que expresa los sentires y las opiniones diferentes de uno mismo … de hecho no es la libertad la moneda corriente de las personas…. y la libertad por lo general incomoda.

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