Tomando un café

Observaba como se servía el café…

A las prisas, chorreaba por los costados (realmente sin necesidad) … y con el azúcar lo mismo… la cuchara a la taza y luego al tarro, dejando el polvo blanco manchado, y un surco en la mesa.

De repente fui consciente que frente a todos aparentaba la perfección y la limpieza, pero allí, allí mismo era el ejemplo de la dejadez.

Todo tirado… a modo de mueblería… o tal vez un tinglado de cosas varias sin criterio ni orden.

Salí al jardín y me senté en el deck a esperar… sí, a esperar bajar a mi estado de conciencia.

Para así poder sentir, sentir y sentir una liberadora paz interior respecto  a mi persona.

Y me vinieron unas ganas locas de compartir un café sin chorrear, sin esperar y sin apuro… con alguien que tal vez para afuera no demuestre nada asombroso, pero que para dentro sea nada mas y nada menos que una persona sepa disfrutar un café.

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Les llegó la hora

Me acompañaron nueve años, realmente no daban más de apariencia pero seguían siendo óptimas para el fin que fueron creadas…

Por ellas me ligué varias risas, pero poco me importaban lo que me dijeran los demás… como en tantas otras cosas… máxime porque eran de entre casa.

Nunca me gustaron, me las regalaron y las use… y luego, con el tiempo, empecé a tenerles cariño.

Hoy salí al jardín con ellas y sentí como que pisaba la tierra mojada… miré y se habían roto ya en un sitio donde dejaban de ser lo que estaban destinadas a ser.

A modo de ritual les di un beso a cada una, agradeciéndoles su paso, y las tire a la basura.

Tras esa mínima acción, me puse a pensar cuánto me cuesta desprenderme de las cosas, y adquirir nuevas…

Pues las cosas que voy permitiendo me acompañen en mi vida, van con los años tomando la forma de las situaciones ellas “acarician”, y se transforman en reliquias de mi pasado.

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