
Fueron meses de mucho stress, de sentir situaciones injustas sobre mi espalda, de llorar, de angustiarme, de zumbidos en los oídos, de no saber qué hacer, de tener miedo… pero también de sentir una corazonada interior que me decía que debía de moverme del lugar donde estaba, y de entre las personas que no me valoraban.
Siempre fui agradecida por lo que desempeñaba, porque sentía que había nacido para hacer lo que hacía, y tenía la conciencia plena de que los resultados de las cosas que hacia eran tangibles para el Planeta.
Pero cerré ese capítulo de mi vida tan grande, y tras mucho aprendizaje en todo sentido, en la recta final opté por hacer valer mis ideas, poner en alto el valor de mi dignidad, y el respeto por mí misma.
Y dije hasta aquí llegué.