Y pasaron casi nueve años

Cruzaba el Parque de los Alcornocales… lo veía todo tan seco… pero aun así se me iban los ojos por abarcarlo …

Hacía unos días que habían comenzado a confluir en mí diversas emociones, todas dulces pero muy variadas… me auto definía  como una ensalada de frutas.

Allí al volante se me cayó una lágrima, quitándome gracias a ella cierta presión interior…

Sentía la sensación absoluta de que volvía a casa… como si nunca me hubiera ido, como si no hubiera pasado el tiempo…

De repente, El Estrecho, mi querido Estrecho… divisar el Peñón, luego más de cerca visualizar África… agradecer el viento de Poniente y su posibilidad de apreciarlo todo… en un santiamén sentí como si fuera “ayer” la primera vez que me los cruzaba.

Y pasaron casi nueve años y todos estaban igual y a todos sentía que quería y me querían como antes.

Y pasaron casi nueve años y nada dejó de asombrarme… ni lo conocido, ni lo que conocí.

Y pasaron casi nueve años y las mismas emociones me generaban las mismas personas.

Y me di cuenta de que un pedacito de mi se había quedado allí y lo reencontré, para volver a dejarlo y tener un motivo perfecto para ir a visitarlo… reencontrarme con una parte de mi.

(…) Y pasaron casi nueve años y comprobé que ya no le temía a las salamanquesas dentro de la casa, sino que por el contrario las miraba con cariño.

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Desencuentros

Y hubo un viernes de tardecita… yo estaba en una reunión pensando en alguien… y cada tanto imaginaba que ese alguien iba a aparecer por la puerta… por eso no paraba de mirarla.

Pero ese alguien nunca apareció…

Recuerdo esa noche de viernes, tras una clase de Tango que me vi inmersa para distraer mi tiempo, ir a la cama desilusionada y triste.

A ese alguien le tome un enojo no digno de mí…

Enojo que por suerte al poco tiempo desapareció… pero que existió al mil por mil con todas mis reacciones.

Supuse para mis adentros que ese alguien no había tenido ni la valentía para encarar una conversación telefónica…

Supuse tantas cosas, pero es que no tuve ni el momento para poder hablar…

Y pasaron meses… muchísimos meses… el agua corrió por el rio… llovió e hizo calor…  no solo mi enojo se esfumó sino también mi ilusión y mi desilusión.

En el medio, me frustré… me sentí impotente… me dolió… hasta que en un momento decidí dejar todo en un cajón cerrado, y que fuera un pasado absoluto.

Y pasaron meses… muchísimos meses… pero con ellos la necesidad de saber la verdadera historia nunca desapareció, la que tiene tantas versiones como protagonistas…

 Cuando finalmente me encontré con ese alguien, y nos encaramos en una conversación, pude tener la certeza de saber que ese viernes fue a donde yo estaba, pero por algo que ridículamente se llama discreción, no entro al lugar sino que se quedó del otro lado… no pasó la puerta… hizo kilómetros y kilómetros, y seguro pasó sus nervios y sus inseguridades… para optar por no entrar… pero no por cobardía sino por compostura.

Y esa diferencia entre entrar o no haber entrado, fue el gran desencuentro, en un momento que era sumamente necesario el encuentro… y por ello marcó el final de una historia.

Hay momentos que cambian el cauce de un río, hay enojos que te pierden, hay conversaciones que te podrían haber salvado, y hay desencuentros que rompen cualquier encuentro.

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