El camisón de Mamota

Durante toda mi niñez solía ir a tomar el té a la casa de mi abuela Lalá tras salir del colegio en el centro.

Y por lo general, allí siempre hacía lo mismo… abría el cajón de abajo de su ropero y me probaba las enaguas de ella y de la abuela de mi madre, así como sus antiguos camisones de seda.

No sé cuándo… porque no recuerdo en mis mudanzas llevarlo conmigo… tal vez hace un par de años buscando algo en unos roperos viejos de mis padres, pero lo cierto es que encontré uno de esos camisones que tantas veces me probé, amé ponerme… y recordé a la perfección que era de Mamota, la madre de Lalá.

Me lo traje conmigo a casa y en mi imaginación siempre tuvo un escenario ideal.

Este verano lo llevé tres veces en mi bolso en busca de ese escenario, acompañada de alguien que supuse valoraría verme vestida en esa seda exquisita para las manos y con esa caída tan espectacular de la tela.

Pero… en la realidad… en mi bolso el camisón solo salió a pasear.

Y… como yo no sé cuanta vida me queda, o lo mismo a la seda porque supera los ciento veinte años, decidí hace unos días con la motivación de una amiga, ponérmelo para una fiesta aquí en Montevideo, lejos del escenario ideal pero si en mi vida real.

Fue así que viví casi como que una experiencia sagrada-genética-espiritual… al salir a la calle con el camisón de mi bisabuela, sentirme inmersa en la historia femenina familiar, y mirarme al espejo encontrándome en mi mejor versión…

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Una hamaca paraguaya

El día de mi cumpleaños me regalaron algo absolutamente personalizado que me encantó… por su utilidad, porque no era comprado, por su textura y también por su colorido.

Quien me la regaló, además, fue cuidadoso hasta en el bolso donde la guardó, y tuvo la precaución de traer lo necesario para “armarla” en mi casa.

Pero… pero… no la puso en el lugar correcto… y por ende no pude usarla…

Llamé a un herrero porque me sentí que estaba fuera de mi alcance el engancharla a la pared… nunca vino por más que lo llamé cada semana…

Pasó un mes y llamé a otro herrero, éste me pidió una foto de la pared, se la mandé y me sugirió lo que debía de comprar en la ferretería.

Fuí a la ferretería, compré lo necesario y le pedí a mi padre el taladro, quien se negó a dármelo y me dijo que él me lo pondría…

Pero… pero… pasaron los días y las semanas, y pese a mis reiterados pedidos no vino a hacerlo…

El sábado pasado decidí guardar la hamaca en mi ropero… por varias razones… en definitiva “la esperé tres meses”…

Y fui así, cuando de la manera menos esperada hoy cayó en casa Papá con el taladro…

Y viendo la situación me dijo, “cuan errada estas tu”, “el herrero” y “quien te colocó la cuerda aquí”… esto es muy simple….

Y en el lapsus de cinco minutos solo cambió de viga a la cuerda que sostendría la hamaca a la reja… y así yo pude zambullirme en ella.

Acaso no pasa que a veces a lo simple le damos tantas vueltas sin verlo, solo pensándolo, que lo transformamos en complicado… y así lo perdemos en su naturaleza (la hamaca adornó un sillón en vez de aguantar mi peso y mover mi cuerpo) y corremos el riesgo incluso de desmotivarnos por la incapacidad de ver la verdadera esencia….

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